La IA no es una burbuja, pero tiene burbujas dentro
La semana pasada di una charla en el evento de clientes de B2Impact. De todo lo que conté, hay dos ideas que me hicieron más preguntas después, en el café: que la IA puede aumentar tu talento o tu estupidez, y que la IA no es una burbuja, aunque dentro tiene burbujas.
Las dos parecen contradicciones. No lo son. Las dos dicen lo mismo desde ángulos distintos: la tecnología es real, lo que está en juego es cómo la usamos y cuánto pagamos por ella.
La IA puede aumentar tu talento o tu estupidez
Las revoluciones anteriores cambiaron cómo accedíamos a la información, cómo nos conectábamos y desde dónde trabajábamos. La IA cambia algo más profundo: cómo pensamos. Es la herramienta cognitiva más potente que hemos inventado, porque no solo guarda o transmite conocimiento: razona, redacta, analiza y decide con nosotros.
Y una herramienta así no es neutral. Amplifica lo que encuentra. Si encuentra criterio, multiplica el talento. Si no lo encuentra, multiplica otra cosa.
El estudio de Harvard con consultores de BCG lo muestra con claridad. En las tareas que la IA hace bien, quienes la usaron trabajaron un 25 % más rápido y con más calidad. En las tareas que quedaban fuera de lo que la IA sabe hacer, quienes la usaron acertaron menos que quienes no la usaron. Misma herramienta, mismo perfil profesional: lo que marcó la diferencia fue saber cuándo fiarse y cuándo no.
A eso lo llamo deuda cognitiva: cada vez que delegamos en la IA un razonamiento que no entendemos, ahorramos tiempo hoy y pagamos intereses mañana. Pierdes la capacidad de detectar el error, de hacer la pregunta correcta, de saber cuándo la respuesta suena bien pero está mal. Llevamos décadas hablando del efecto Flynn, la subida sostenida del cociente intelectual; en varios países desarrollados esa curva ya se ha dado la vuelta. No me preocupa tanto la inteligencia artificial, que va a seguir mejorando. Me preocupa la inteligencia humana.
Por eso el reto de esta era no es tecnológico. Es aprender a pensar con cosas que piensan.
La IA no es una burbuja
Una burbuja es una moda que se desinfla y deja poco detrás. La IA no encaja en esa definición. Hay cuatro señales que separan una tendencia de una moda, y las cuatro están encendidas:
- Adopción masiva. 9 de cada 10 empresas ya usan IA en al menos una función del negocio. Ya no es cosa de pioneros.
- Inversión a escala. La inversión mundial en centros de datos creció un 92 % en un año. Nadie construye infraestructura física de ese tamaño por una moda.
- Madurez tecnológica. Ya funciona en tareas reales: hasta un 25 % más de productividad en perfiles cualificados y en torno a un 10 % en el resto.
- Regulación. Europa ya tiene el AI Act, la primera ley integral de IA del mundo. Cuando algo se regula es porque ha venido para quedarse, y además se fijan reglas de juego para invertir.
Se lo dije así al público: si parásemos hoy todo el desarrollo de la IA en el mundo, las empresas tardaríamos años en aplicar lo que ya existe. El problema no es la tecnología: solo el 6 % de las empresas obtiene un retorno significativo. No falta tecnología, falta criterio.
Pero dentro tiene burbujas
Que la tecnología sea real no significa que todo lo que cotiza alrededor de ella valga lo que se paga. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
La historia lo ha demostrado dos veces. El ferrocarril transformó la economía británica del siglo XIX, y aun así las acciones ferroviarias cayeron más de un 65 % tras la fiebre de la década de 1840. Internet cambió el mundo, y aun así el Nasdaq perdió casi un 80 % en el crash de las puntocom. Amazon llegó a caer más de un 90 %, y Cisco tardó unos 25 años en recuperar su máximo. La tecnología ganó; muchos inversores, no.
Hoy se ven señales parecidas en algunas de las empresas más importantes del sector:
- Valoraciones que corren más que los ingresos. OpenAI está a punto de captar 30.000 millones de dólares a una valoración de 1,25 billones, frente a los 852.000 millones de esta primavera. Sus propias proyecciones contemplan pérdidas durante años.
- Dinero que da vueltas. Nvidia anunció en 2025 una inversión de hasta 100.000 millones en OpenAI, que a su vez compra chips de Nvidia. Cuando el cliente se financia con el dinero del proveedor, la demanda parece mayor de lo que es.
- Deuda cada vez más cara. En octubre, la deuda a largo plazo de CoreWeave pagaba más de un 16 %, el doble que un bono basura medio, y la de Oracle superó el 8,5 %.
- Concentración extrema. Nvidia fue la primera empresa en superar los 5 billones de dólares, y unas pocas tecnológicas concentran una parte del S&P 500 que no se veía en medio siglo.
Ahora bien, una burbuja financiera es un problema de precio. Si estalla, caerán valoraciones y caerán empresas. Los centros de datos, los modelos y lo que ya sabemos hacer con ellos se quedarán. Igual que se quedaron las vías del tren y la fibra óptica.
Entonces, ¿qué hacemos?
Las dos ideas llevan a la misma conclusión. Esperar a ver si estalla la burbuja no es una estrategia, porque lo que va a quedar es justo lo que deberíamos estar aprendiendo a usar. Y lanzarse sin criterio tampoco lo es, porque la IA multiplicará lo que encuentre.
Lo que propongo es actuar con cabeza:
- Automatizar lo repetitivo: tareas de volumen y reglas claras.
- Aumentar las decisiones: la IA analiza y propone, la persona decide.
- Dejar en lo humano el juicio, la empatía y la negociación.
Y empezar pequeño: un proceso concreto, un piloto en semanas y un resultado medible, con supervisión humana en cada paso. Con un aviso: en este momento abundan quienes se presentan como expertos. A veces vemos expertos donde solo hay locos.
Terminé la charla con una frase que sigo pensando: dejemos de preocuparnos tanto por la inteligencia artificial y empecemos a ocuparnos de potenciar la inteligencia humana.





